martes, 12 de abril de 2011

La fotografía como esencia gemela. Una cartografía antropológica de Mogarraz

FLORENCIO MAÍLLO
agosto 2009





Autorretrato de Alejandro Martín Criado, otoño de 1967

 

Un personaje singular

Es una obviedad que la existencia, en la actualidad, de una especie de “cultura de la memoria” no es un tema privativo en nuestro país de determinados campos del conocimiento asociados a la pasada contienda civil, sino que se extiende a aspectos muy diversos vinculados con la intrahistoria o microhistoria de cualquier pueblo por insignificante que éste nos pudiera parecer. Por otro lado, siempre se ha dicho que el olvido es una de las más crueles de las indiferencias y que solamente existimos en la medida en que nos encontramos presentes en la mente de quien nos conoció. Pues bien, me gustaría señalar que este modesto artículo pretende ser un pequeño homenaje a un buen hombre, Alejandro Martín Criado, comprometido con las gentes de su localidad de origen, Mogarraz, para romper de este modo con el gélido infierno de la indiferencia y el olvido hacia su figura. 



No hace demasiados años que Alejandro Martín Criado desempeñó el cargo de alcalde de Mogarraz. Sucedió justo tras las primeras elecciones municipales de la recién recuperada democracia, celebradas en abril de 1979, y lo hizo encabezando la candidatura del partido Unión de Centro Democrático, el mítico CDS de Adolfo Suárez. Hoy toda la población recuerda en positivo su gestión, a él se deben logros tan significativos como la remodelación de la práctica totalidad de las calles, hasta ese momento muy pintorescas y primitivas pero en condiciones de evidente abandono e intransitables. Alejandro era hombre tolerante, receptivo, de posición centrada, como denota su elección democrática, y especialmente generoso. Entre sus muchas cualidades, aparte de su rectitud, adquirida como consecuencia de su formación militar, también se encontraba la autocrítica, por otro lado, prácticamente inexistente en la mayor parte de la clase política actual. En este sentido, recuerdo que en algún momento de los años noventa Alejandro me confesó con aflicción lo mal que se habían reformado en 1981 las calles del barrio de la Fuente de Arriba. No olvidemos que se trata del conjunto arquitectónico más espectacular de cuantos podemos disfrutar en toda la Sierra de Francia, y se refería al soterramiento del canal de agua que vivazmente transcurría calle abajo dirigiéndose hacia el Barrio Hondo. Se lamentaba emotivamente diciendo: ¡con lo bonito y auténtico que era¡ Con igual tono de malestar especificaba los cambios de nivel efectuados en la calle, que produjeron como consecuencia el vigente hundimiento de la legendaria Fuente de Arriba, así como la desaparición de la ancestral rampa de acceso a la calle del Rincón colocando en su lugar las desacertadas actuales escaleras.  



Alejandro nació en Mogarraz un año significado para el devenir europeo, el año de la Revolución Rusa, concretamente el 24 de junio de 1917, convirtiéndose a la postre en el mayor de nueve hermanos. Tiempos duros aquellos, dado que la itinerancia laboral del cabeza de familia, José Manuel, inicialmente como practicante y después como montero forestal, propició que los hijos naciesen además de Mogarraz en Zamayón, La Alberca y Lagunilla, y después, ya en plena juventud, todos tuvieran que emigrar de Mogarraz. Alejandro y el pequeño Francisco marcharon a Canarias; Teresa y Ani a Francia; Conrado a Venezuela, por donde también pasó Francisca tras regresar de Alemania después de más de veinte años, destino así mismo compartido por Isaac, quien más tarde junto a Visitación y Antonio se instalaría en Madrid.



En 1935 nuestro protagonista se alistó como voluntario en el Ejército de Aviación de Madrid, trasladándose al finalizar la Guerra Civil al destacamento de Gran Canaria. Allí obtuvo el título de piloto de aviones comerciales. Tras su retiro en 1962 regresó a Mogarraz, alternándolo con estancias en Madrid. A esta época pertenece la puesta en marcha de su proyecto de implantación de la fresa en la localidad, el control pluviométrico para el Ministerio de Medio Ambiente y sus estudios de fotografía y electrónica por correspondencia. La generosidad que le caracterizaba le llevó a enseñar sus conocimientos de electrónica a Arturo López Herrero “Turi”, a quien siempre recordaremos por su extraordinaria urbanidad e interés por la electrónica, que con el tiempo también caló en su hijo, el pequeño Arturo. 



Alejandro había adquirido su cámara fotográfica, una Yashica 44 LM de doble lente de última generación en 1960, poco antes de retornar de su larga estancia en las Islas Canarias. La elección de compra fue largamente meditada, aunque él ya disponía de conocimientos fotográficos que sin duda le permitieron concretar la acertada decisión, apostando así por una cámara semiprofesional. Debemos señalar que la irrupción en el mercado de este modelo, un extraordinario artefacto fabricado en Japón y comercializado en 1959, contribuyó, sin duda, a la democratización de la toma fotográfica de alta calidad por parte de infinidad de aficionados, como una alternativa mucho más asequible en este campo dominado por las míticas Rolleiflex.
  
Un fotógrafo oculto

Fue de esta forma como Alejandro, armado con su espléndida cámara fotográfica, se convirtió en reportero gráfico aficionado, debiéndose a su labor uno de los documentos icónicos más curiosos de la reciente historia de Mogarraz. Transcurría el frío otoño de 1967 y ante su objetivo posaron, individualmente, la práctica totalidad de la población mayor de edad del lugar, cristalizándose como resultado un documento excepcional al que debemos catalogar, por su magnitud, como catastro iconográfico de los años sesenta. El archivo fotográfico surgió en virtud de la petición del alcalde de la localidad, el doctor Isidoro Herrero Francisco, con la intención de evitar que los vecinos, en particular los de mayor edad, tuviesen que desplazarse a Béjar para tramitar la concepción del carné de identidad. Tomar fotografías siempre es divertido, esconderse detrás de esa cajita negra y jugar a inmortalizar pedazos de una efímera realidad es fascinante, pero en el caso que nos ocupa la responsabilidad del trabajo bien hecho configuró la unidad de tratamiento que rige a la totalidad de los fotogramas de esta particular cartografía. 



La serie fotográfica configurada por un total de 388 imágenes está flanqueada por una especialmente emblemática, un autorretrato. En él Alejandro aparece luciendo su flamante chaqueta de aviador marrón, alertándonos sobre la pista de su pasado militar. Agonizaba el mes de octubre y todos los habitantes del pueblo desfilaban puntualmente delante del objetivo de la cámara de Alejandro, situada en la trasera de la vivienda familiar del barrio del Altozano. Allí, ante una inmaculada sábana suspendida sobre una pared de la huerta, ágilmente fueron pasando y posando la última generación de mogarreños que rehusaron emigrar. Éste fue pues el escenario en el que el fotógrafo transciende para siempre, dejando inmortalizados para el futuro a la última estirpe de hombres y mujeres unidos vitalmente al espacio que les vio nacer. La digitalización de las imágenes respetando la ordenación en el proceso de captura nos sitúa ante una procesión caracterizada por las afinidades familiares, padres, hijos, hermanos, cuñados e incluso vecinos, construyendo un álbum de retratos cuando menos singular.
 
En una de esas emotivas fotografías emerge Quintina Sánchez Hernández. La conocí siempre vestida con atuendos de luto, de ahí que la imagen en blanco y negro no censure valores cromáticos. Su profunda religiosidad se realza en la imagen con las medallas prendidas en su capa. Al observar su rostro, sereno, aflora en mi memoria la remembranza de mi niñez, cuando correteando alrededor del humilladero junto a mi querida prima Loli advertía descalza a nuestra vecina, la tía Quintina, apaleando las viejas lanas de los colchones que en ordenados montones se adueñaban de la soleada explanada alrededor del crucero. Es inevitable que al tratarse de una fotografía de plano medio la evoque descalza, como tantas veces la vislumbré. La legendaria escritora estadounidense Susan Sontag ha manifestado que recordar es ser capaz de evocar una imagen. La fotografía es memoria gráfica, explícita, y en muchos casos recoge presencias asociadas a vivencias.


 175 Quintina Sánchez Hernández

Cada una de las instantáneas que pertenecen a este singular corpus fotográfico lo son a su vez de mi primer universo iconográfico. En la fecha de su realización yo tenía tan sólo cinco años, y la memoria visual de mi pequeño mundo comenzaba a situar todo cuanto ante mí aparecía. Ahondando en las calidades cromáticas de los atuendos de los retratados, recuerdo los deslumbrantes colores de algunos de ellos, el azul “falange” de la reluciente camisa de Ambrosio Sánchez Rodríguez “Mundi”, que únicamente paseaba los domingos y fiestas de guardar, o el intenso color verde del vestido a cuadros que aparece en la fotografía que congela la mirada de Lidia Curto, natural de Cepeda y mujer de Esteban López Sánchez. A pesar del tiempo transcurrido aún recordamos su doloroso fallecimiento cuando la familia al completo se encontraba emigrada en Alemania.


191 Ambrosio Sánchez Rodríguez



062 Lidia Curto



255 Esteban López Sánchez



Alejandro Martín Criado por méritos propios une su nombre al de otros muchos fotógrafos que contribuyeron a construir el archivo de imágenes que conserva parte de la memoria de nuestro pequeño territorio. Pero no seríamos del todo justos si no valorásemos en su preciso término la decisiva aportación de su mujer, Ángeles de Nacimiento Lorenzo, a favor de la preservación de los negativos originales de este insólito registro. Ella, con el extraordinario afán de conservación que caracteriza al género femenino, tramó una inteligente operación gracias a la cual podemos observar lo que nos revela este original catálogo antropológico de Mogarraz de la segunda mitad de los años sesenta. El momento decisivo ocurrió en Madrid, en uno de esos traslados previos a su definitivo asentamiento en Mogarraz hacia 1975. En esta fecha Alejandro desea soltar lastre del pasado y decide desechar todos sus negativos fotográficos. Entre ellos se encontraban las imágenes que realizó con motivo de la inauguración de la Bodega Cooperativa Nuestra Señora de las Nieves el viernes 13 de agosto de 1965, dejando constancia del instante en el que el hijo del pueblo, el padre dominico José Maíllo Cascón, bendecía las deseadas instalaciones. También tomaron idénticos derroteros infinidad de imágenes de celebraciones privadas que numerosas familias de la localidad puntualmente le habían encargando a lo largo de los años. En aquel momento de arrebato nuestro protagonista además arrojó a la papelera los rollos de negativos de los retratos de los mogarreños para el carné de identidad, guardados en la vieja caja del pluviómetro. Sin embargo estos se salvaron milagrosamente gracias a que Ángeles discretamente los recogió. Este itinerario por diferentes escenarios ilustra cómo Alejandro plasmó con su cámara las múltiples situaciones sociales con las que convivió. En la fecha a la que hago referencia la pequeña Carolina Ángeles Martín de Nacimiento había cumplido los tres años de edad y su madre pensó que esta estupenda colección de retratos se convertiría entonces en motivo para relatarle anécdotas y vivencias de las gentes de Mogarraz. Un estupendo soporte sobre el que ubicar testimonios, relaciones y relatos de seres queridos o amigos que en su mayoría ya habían desaparecido. Y el archivo cumplió su función tras su salvaguarda. Carolina, antes del injusto fatal desenlace que el destino le tenía guardado, conoció a sus antepasados convecinos así como una imagen de juventud de los que aún vivían. Con esta entrañable y modesta excusa el compendio fotográfico se proyectó hacia el futuro y hoy, gracias a su digitalización, ha quedado definitivamente estabilizado y disponible para que las generaciones venideras conozcan el último grupo de mogarreños que permanecieron sufriendo el progresivo despoblamiento en el que se sumió la comarca de la Sierra de Francia a partir de la gran emigración a Centroeuropa, desencadenada a comienzos de la década de los años sesenta.



De esta manera la loable acción de conservación de Ángeles de Nacimiento Lorenzo sobre las fotografías realizadas por Alejandro se convierte en “ética visual”, en la medida en que indica lo que merece la pena ser visto. Será por eso que existe un cierto parentesco entre la fotografía y esa forma especial de fetichismo que intenta atrapar para siempre en una imagen congelada un discurrir vital, esa suspensión del tiempo que siempre es pasado, ese instante fugaz.



La fotografía como documento de la memoria

Las imágenes de Alejandro a la vez que nos revelan un único instante de individuos congelados, nos transmiten a todas las gentes pertenecientes a una comunidad en un solo momento condensado espacio-temporalmente. Se trata pues de una curiosa conexión fotográfica entre lo sincrónico y diacrónico de los fotografiados. No debemos olvidar que la imagen no ha de confundirse con la realidad que representa, que es una visión indudablemente limitada de cuanto intenta representar gracias a su poder como artificio mimético. Pero estas fotografías en su conjunto son algo más que un fragmento de realidad, aquí la fotografía es la realidad, puesto que la confrontación en paralelo y en igualdad de condiciones con tal amplitud de presencias que habitaban este particular rincón de la provincia de Salamanca, eleva el archivo fotográfico a categoría de documento de realidad. 



Es indiscutible que la fotografía, desde el mismo instante de su aparición en el siglo XIX, ha desempeñado un extraordinario papel como fuente de la memoria, y ello, según una observación teórica de Susan Sontag, porque “Las imágenes son más reales de lo que cualquiera pudo haber imaginado”[1]. De modo que este nuevo sistema de representación del mundo se alza enérgicamente, desde su aparición, con evidentes atributos de espejo de la realidad, o mejor aún, “el espejo con memoria”[2], como conceptúa Belaumont Neuwhall. Es así que podemos considerar, por tanto, como documentos fotográficos para la conservación de la memoria las fotografías que Venancio Gombáu concretó en 1908 para ilustrar el libro Por la España desconocida[3], del periodista cordobés Marcos Rafael Blanco-Belmonte, subtitulado Notas de una excursión a La Alberca, Las Jurdes, Batuecas y Peña de Francia, en las que observamos su atenta mirada sobre Mogarraz. O por poner otro ejemplo más cercano en el tiempo, son muy representativas las imágenes que en diversos viajes captó Ruth Matilda Anderson[4] para la Hispanic Society of America, dando a conocer un buen número de localidades de la Sierra de Francia entre las que destacan La Alberca, Sequeros, Villanueva del Conde, y como no, Mogarraz. A esta misma época pertenecen las insólitas fotografías efectuadas por el fotógrafo alemán Kart Hielscher[5], en las que retuvo para siempre una buena parte de las poblaciones de la Sierra de Francia durante su recorrido por España, y donde aparecen extraordinarias instantáneas de Mogarraz.



Manifesté años atrás, en el texto Por una ecología de la fotografía[6] publicado con motivo de la exposición del archivo fotográfico de Bienvenido Vega Rodríguez, que también existen otras producciones fotográficas, realizadas por aficionados y asociadas a lo privado, como las de Alejandro Martín Criado o incluso las efectuadas por Manuel López Iglesias, de las cuales no tenemos conocimiento y que en la actualidad son las que más urgentemente reclaman su reubicación en la escena de lo público. Muchas de ellas, por desgracia, se hallan ya desaparecidas, o en el mejor de los casos, arrinconadas, estacionadas cara a la senda futura de la destrucción. En este campo de la fotografía trabajaron el reportaje en Mogarraz tres fotógrafos profesionales que puntualmente recalaban en el pueblo coincidiendo con la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves. En primer lugar, el fotógrafo vallisoletano Luciano Soto Luján, quien desarrolló en los años cincuenta un tipo de fotografía de carácter estático dedicada al género del retrato, para lo que colocaba tapices como fondo. Seguidamente continuó con la labor de fotógrafo ambulante en la Sierra de Francia el gallego José Rodríguez Carcacía, con el que se produce un cambio esencial en la toma de la imagen, como consecuencia de la utilización de una cámara portátil. No obstante, Segismundo Martín fue el fotógrafo más célebre en las décadas de los sesenta y setenta, popularizando la fotografía en todos los pueblos a base de una gran presencia y precios muy competitivos.



Hoy nadie duda que exista un tipo de fotografía cercana a aquella que en su concepción fue despojada de pretensiones bastardas, que cumple, como ninguna, el objetivo de ser instrumento fidedigno para la historia, en nuestro caso -yo diría- para el conocimiento de la intrahistoria de la Sierra de Francia. Este es el mensaje que nos transmite Lee Fontanella[7] cuando insinúa que lejos de los artificios propios de otros modos de creaciones fotográficas, las que nacen en el seno de lo cotidiano para cumplir con necesidades primarias son un importante referente como credencial cara al futuro. Este es el caso de las fotografías que realizó Alejandro Martín Criado con motivo de la creación de los primeros documentos de identidad que se realizaron en Mogarraz.



Y, como no, esta es la dirección hacia donde se orientan nuestros esfuerzos, es decir, hacia la de la preservación de un tipo de documento fotográfico vinculado con las formas de vida populares. Sustratos sociales que, en las últimas décadas, emergiendo de un entorno rural muy particular han abrazado los cambios ofrecidos por una siempre inquieta sociedad. Es así como el legado fotográfico puede adoptar la forma de pilar sobre el que se sustenta parte de la cultura acaecida. Una cultura popular heredada abocada a la destrucción y sustitución, cuando no, al simulacro o directamente a la falsificación de la misma. En este sentido nos señala Santiago Trancón Pérez que “Nada más útil que la fotografía, por tanto, para reflexionar sobre nuestro pasado, sobre los cambios sociales y culturales ocurridos en nuestra sociedad”.[8] Sabemos que las fotografías de este tipo adquieren valor con el transcurso del tiempo, y más aún si estas, como es el caso que afrontamos, son ancladas definitivamente en su época con una correcta documentación. Por tanto, es obligado que la fotografía como fuente de información para conocer nuestro pasado ha de ser abordada desde sus múltiples facetas. Ahondando en esta dirección se manifiesta el gran teórico de nuestro tiempo John Berguer cuando proclama en su obra Modos de ver[9] que cada fotografía es, en realidad, un medio de comprobación, de confirmación y de construcción de una visión total de la realidad.



En definitiva, la fotografía antropológica como la realizada por Alejandro Martín Criado va enriqueciendo nuestro patrimonio, posibilitando así que otros continúen con el proceso de completar aspectos que aporten más luz sobre nuestro pasado identitario. Es decir, proyectando conocimiento en el campo de la microhistoria de Mogarraz.








GALERÍA I



De izquierda a derecha aparecen los retratos de:
Ángel Maíllo Macías, Ambrosio Cascón Herrera, Josefa Coca Cascón, Juan Puerto Núñez, Felipa Escobar Lozano, Florencio Guzmán Sanz y Joaquina Martín Cascón.


Francisca Calama Morán, Braulio Puerto Cascón, Nicanor Hernández Bello, Teresa Herrera Martín, Flora Maíllo Becerro, Manuel Maíllo Herrera y Filomena Sánchez Álvarez.


Ambrosio Inestal Criado, Sebastián Campos Maíllo, Manuela Maíllo Rodríguez, Moisés Rosellón Cascón, Adela Núñez Maíllo, Encarnación Calama Puerto y Ramona Sánchez Rodríguez.


Maria Criado Herrera, Alfonso Cascón Martín, Francisco Maíllo Criado, Juana Lozano Rodríguez, Gonzalo De Blas Gutiérrez, Ambrosia Rodríguez Maíllo y Demetria Martín Hernández.




Florentino Martín Luengo, Maria Maíllo Maíllo, José Manuel Martín Sánchez, Ángeles Lorenzo Manso, Manuel Hernández Martín, Obdulia Martín Pascua y Socorro Sánchez Criado.



Serafina Carrero Martín, Gerardo Martín Barés, Blas Hernández Cabrero, Lucas Lebrato Hernández, Alejo Maíllo Martín, Quintina Sánchez Hernández y Gregorio López Herrera.















[1] SONTAG, Susan. Sobre la fotografía. Barcelona, Edhasa, 1996. Pág. 190.
[2] NEUWHALL, Belaumont. Historia de la fotografía. Barcelona, Editorial Guatavo Gili,  2002. Pág. 27.
[3] BLANCO BELMONTE, M. R. Por la España desconocida. La Alberca, Las Hurdes, Batuecas y Peña de Francia. Salamanca, Diputación de Salamanca, 1991.
[4] LENAGHAN, P. Salamanca en los fondos fotográficos de la Hispanic Society of America. Salamanca, Junta de Castilla y León, 2003.
[5] HIELSCHER, Kart. Das Unbekannte Spanien, La España desconocida: arquitectura, paisaje, vida del pueblo. Granada, Edilux, 1991.
[6] VV. AA: IDENTIDADES. MAÍLLO CASCÓN, F. “Por una ecología de la fotografía”. Diputación de Salamanca, 2007, págs. 15-32.
[7] FONTANELLA, Lee. Open Spain. Fotografía Documental Contemporánea en España, Barcelona, Lunwerg, 1992, pág. 25.
[8] TRANCÓN PÉREZ, Santiago. “La fotografía arte y documento”, en Imágenes para la otra historia. Salamanca, Junta de Castilla y León, 1986. Pág. 11.
[9] BERGUER, John. Modos de ver. Gustavo Gili, Barcelona, 2000.








[RV] Maíllo Cascón, Florencio. La fotografía como esencia gemela. Una cartografía antropológica de Mogarraz”. La Peña de Mogarraz. XXXIIV aniversario. Nº 5, agosto 2009. 88 págs. D.L: AS: 3572-2005. Pág. 42-55. [d09017].



3 comentarios:

  1. He realizado un power-point con las fotos que relicé después de un recorrido por Mogarraz (en las que tus retratos, Florencio,tienen un papel protagonista), un poema que escribí avivado por la desgarrada belleza del lugar, y un tema musical de la película "Código 46" de David Holmes. Si te inteersara conocerlo, podría enviártelo por correo electrónico (heridariosol@gmail.com). Un saludo admirado y desprendido. Emilio Pedro Gómez

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    1. A mi me acanto lo pueblo. Soy de Brasile me gustaria de recibir materiales sore el.
      Gracias.

      abasquerote@yahoo.com.br

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    2. A mi me acanto lo pueblo. Soy de Brasile me gustaria de recibir materiales sore el.
      Gracias.

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